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“No es el elegido, no tiene un don de Dios. Nadie tiene nada.”

Silvia no es mi mejor amiga. Yo dejé de tener mejores amigas hace mucho tiempo.

Puede ser que mis intentos por traducirla a versión texto la hagan parecer invención mía, a fin de cuentas, mis colegas del diplomado solían decir que era mi amiga imaginaria, ya que casi nadie de mis conocidos la ha visto, pero su nombre aparece como una muletilla en la pobre estructura de todas mis conversaciones al iniciar una que otra frase con: “Silvia dice…”

No obstante, más que una ovación a su magnánima personalidad, a sus ocurrencias elegantes y a su ridícula limpieza discursiva, mi impulso por escribir de la misma forma en que hablo de ella se origina en un hábito por demás obvio: siempre termino hablando de Silvia.

Una de mis partes favoritas de nuestra amistad es el inicio, porque se estableció sobre algo más poderoso que gustos compartidos, cosa que sólo puede ser el disgusto por otra persona. A decir verdad, en nuestro estado larvario, antes del mismísimo principio, ella me daba miedo y yo le caía mal. Cuando la conocí –su rostro ahora una imagen acuosa en mi memoria poco refinada–, me pareció bastante seria. Al participar en clase, sus aportaciones ya también algo difuminadas por el ambiente escolar expirado, me intimidaba. Tengo la teoría de que se debe a su manera sosegada de arremeter contra las presencias a su alrededor, indiscutible, o a su habilidad de soltar choro bien adornado. Por más que insista en ser artista freelance, la realidad es que debió haber sido poeta.

En aquel entonces, yo aún no mudaba de piel, así que con toda razón, mi actitud preparatoriana le resultaba inexcusable.

Le dimos tiempo al tiempo, él nos lo devolvió, y descubrimos una especie de alivio paralelo en nuestras conversaciones, lo que, otro tiempo prestado después, se convertiría en la médula ósea de nuestra dinámica estándar. Estábamos llenas de nociones medio verdes, ideas que una vez desplegadas sobre la mesa se integraban sólidamente con café barato, y fluimos hacia un sentido del bien común que hasta ahora rige nuestras actividades más simples. Por ejemplo, aunque existe un acuerdo tácito cuando vamos al cine –una paga los boletos y la otra las palomitas–, si hay situaciones de escasez monetaria, se cuela un “yo invito, ahí para la otra”. Sin pena, sin demandas, porque sabemos que “ahí para la otra” no es obligación, ni condición. A lo largo de los años, me he dado cuenta de que ciertos gestos de confianza, aunque honestos, son difíciles de topar libres de esa ligera incomodidad que surge al aceptar algo invitado.

Pero valores y formas de pensar no fueron tan esenciales para el sano desarrollo de semejante relación como fueron la comida china y los fanfics, las visitas a la Friki Plaza y fugas esporádicas al cine en lugar de asistir a la última hora de clase. Creo que gran parte de nuestra experiencia compartida durante los últimos meses de la licenciatura sólo fortaleció un ramaje de costumbres afines precedentes.

Además, tendemos a hablar con mucho amor sobre la universidad, donde crecimos juntas desde trasfondos personales muy distintos, y atesoramos bastantes momentos de ese pedazo de línea temporal. Sobre todo, los momentos de crisis, los más difíciles de superar, como la falta de sueño durante la semana de exámenes finales, o la organización de un coloquio nacional, evento que reveló las verdaderas dimensiones de incondicionalidad entre nosotras.

A pocos días de la inauguración, platicábamos en las mesas frente a la Facu y mencioné la necesidad de usar mi Beca Salario para imprimir el póster del coloquio. Dicha beca, por modesta e inservible que fuera, era un auténtico lujo. Recuerdo con demasiada claridad el tono molesto de Silvia, su indignación, su reacción. No se trataba del dinero, el dinero nunca le importó, sino del hecho de que tuviera que usar mis recursos para solventar gastos que eran responsabilidad de esta institución ornamental llamada escuela. Me dijo que venderíamos dulces, o lo que fuera, pero no íbamos a usar el dinero de mi beca.

Durante cuatro días vendimos dulces en el campus universitario y el centro. Durante los siguientes tres nos ensamblamos como el brazo izquierdo y derecho de la causa, dos hemisferios de un cerebro, pero es cierto que yo sola no hubiera podido hacer ni la mitad. Incluso ahora, yo la necesito más que ella a mí. Cuando fuimos a comprar los dulces al mercado, a lo mejor ninguna se dio cuenta, pero Silvia me protegió, de nuevo, en esa forma sosegada suya. Es un instinto de protección muy singular, o al menos, me parece poco común, que no sólo se expande desde la semilla de justicia enterrada hasta el núcleo sólido de su criterio, sino de una disposición por ofrecer algo más, algo mejor, con el único fin de cuidar al ser querido. Silvia, ante todo, es alguien que cuida y protege.

Su color favorito es el rojo, así que obviamente, en sus juegos de la infancia, ella era el Power Ranger rojo. Al imaginar su versión (aún) más pequeña, con sus chinitos negros y pecas en la nariz, mi cariño se suaviza, como una sonrisa nostálgica. En general, me da ternura, aunque no me atrevería a decírselo a la cara, porque todavía me da algo de miedo, del bueno, que definiría más bien como un inmenso respeto. También imagino versiones arrugadas de nuestros rostros, yo conectada a un tanque de oxígeno y ella en silla de ruedas, y suelto una carcajada al recordar nuestro chiste local.

Vamos a ser ancianas millonarias, por supuesto.

Su compañía me da la misma tranquilidad que estar en el balcón de mi casa. A pesar de que hablamos hasta por los codos, convivimos en silencio hogareño mientras una dibuja y la otra sólo existe sin pensar. Escucharla se ha convertido en un pasatiempo divertido, liberador, ya que es reconfortante que la plasticidad de nuestras conversaciones se mueva desde el plano absurdo hasta superficies lúcidas. A veces, es la única que puede ayudarme a entender las cosas a mi alrededor, me encuentra y me rescata de lugares llenos de incertidumbre con palabras y aclaraciones simples, reales. Es la persona más verosímil que conozco.

Lo que adoro inmensurablemente de su vernáculo es su uso ocasional y siempre acertado del término “pusilánime”, porque suena igual de sofisticada que cuando ordena chilaquiles verdes con un huevo estrellado “término medio, por favor”.

Silvia no es mi mejor amiga, es mi amiga. Nada más, nada menos. Se trata de un cariño muy profundo, algo que imagino similar al amor fraterno, alejado de la masa ambigua entre “conocidos”, “compañeros” y “familia” en que estructuro a la mayoría de la gente. Mi sentir por ella que, al igual que mi confianza, no es a ciegas, porque no sólo estoy segura de que me cuida, yo sé que nunca me va a lastimar. Tampoco la tengo que metaforizar, o idealizar, lo que resulta ser otro tipo de catarsis.

Somos de esa clase de compinches que no se toma en serio, pero sí, y que encuentra formas de expresar empatía a través de gestos tan monumentales como discretos, como regalarse cosas que no son fáciles de dar: un primer cuaderno de dibujo terminado, o un texto redundante mal editado. Somos la clase de exploradoras culinarias que refina sus hábitos con el paso del tiempo, como su gusto adquirido por el queso de cabra y el mío por el ramen.

Así que podría desear al resto del mundo que encuentre a alguien como ella, pero sólo hay una Silvia como la mía.

There is nothing left for me but to keep writing. Write and write until I understand it, me. Perhaps.

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