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“I found my dreams were ordinary.”

Tengo la sensación de que vivo en una ciudad fantasma.

Salgo de mi casa y espero la Ruta 12 que hace parada en el zócalo. Me puse mis botas negras y rotas, y el vestido azul con dibujos de bichitos. Me pinté los labios y las pestañas, y me eché perfume del caro. Espero sola, así que saco una moneda de diez pesos junto con los audífonos eternamente enredados de mi bolsa mientras llega mi carruaje. Alzo la vista y luego el brazo derecho en esa señal para “hacer la parada” en cuanto el camión da vuelta en la última curva. Doy un paso instintivo hacia atrás en una especie de gesto caballeroso que concede espacio suficiente al vehículo para detenerse. Subo con miedo a que alguien me vea los calzones. Pago, el chofer arranca sin esperar a que encuentre asiento y termino en la esquina opuesta a él, justo donde no se debe. El motor reniega, indiferente, bajo mis piernas desnudas, entorpecidas, hasta que por fin me siento. Los tres pasajeros al frente y en medio se convierten en cómplices anónimos en busca de un mismo punto de destino: cualquiera menos el de origen.

Mientras tanto, mientras tanto la fricción del asfalto contra los frenos que rebota también entre los audífonos y mis tímpanos. El tramo final de la carretera federal se empieza a estructurar como un cortometraje de talleres mecánicos, fonditas, casas de materiales para construcción y puestos clandestinos de antojitos. Alcanfores en lugar de banquetas y hoteles de paso salteados en cada curva. Mis ojos buscan la iglesia de Santa María al cruzar el puente del Sector, pero la encuentran tan pronto una maleza la engulle. Parpadeo.

Ritos muy viejos, boleros aún más viejos para las mañanas camino al centro de Cuerna.

Son aproximadamente 25 minutos de viaje por el tráfico fluido a esta hora, todo de bajada porque es un valle y las avenidas principales alguna vez fueron barrancas. Pasamos “los cuarteles”, “la procu” y, al llegar a Tlaltenango, mi atención se dirige hacia la iglesia grande, la importante, luego hacia la capilla desahuciada a su lado. Supe por algún texto que leí durante la universidad que fue la primera del continente y sentí culpa por los veintitantos años ignorando semejante hecho, pero antes de estacionarme en aquel segmento temporal, empiezo a disociar en éste y, en realidad, me parece que las fluctuaciones en mi memoria surgen desde otro tipo de noción histórica, como si de repente me hiciera consciente de cada pliegue de un mismo recorrido. El mío, el suyo e incluso el nuestro, como los tiempos verbales más simples. Frunzo el ceño sin contar dobleces, ya cruzando el semáforo a la altura de La Pradera.

Nos sumergimos por calles que se reducen y se ensucian en cada parada. Mi ciudad se desajusta, sale del foco en el hilo de su tránsito, pero mi cuerpo transmuta, intangible, y encuadra en su febril trayectoria.

La intemperie se desgasta poco a poco en colores demasiado vivos, estabilizándose conforme avanzamos hacia el tórax del centro. Las fachadas redondean los siglos en un bucle que se cierra por dentro, pero todo se estanca, medio cuajado, hasta que la densidad de las calles se hincha. Respira arrítmica y sus transeúntes se desplazan al ritmo siempre más lento que los urbanitas de la capital vecina. Finalmente, la Calle Galeana ­–larga, ondulada– nos succiona, el Zócalo a nuestra izquierda y el Teatro Ocampo a la derecha. Me levanto, acunada entre ventanas abiertas y asientos desocupados, y toco la chicharra, ese botoncito rojo y cuadrado.

Los frenos de mi carroza rechinan, se mezclan con cláxones de taxis afilados que nos anteceden. Los músculos de mis dedos y pantorrillas se contraen alrededor de los tubos, sobre el suelo, como extremidades y superficies de carne y acero que absorben el último frenón.

Bajo frente, o detrás, del palacio de gobierno, así en minúsculas, y me topo con los restaurantes que irradian un aroma más a agua con jabón que a pan dulce recién horneado. La gente se le queda viendo a mis muslos, intercepto sus pupilas a medio ascender sobre el resto de mi cuerpo vestido y ellos siguen caminando como si yo los hubiera incomodado al descubrirlos. Me enfoco en los escalones al otro lado de la salida del estacionamiento público, dejo que mis botas desgasten las líneas del pasillo, aún sobre Galeana, camino rápido, más rápido, y en mi cabello se enmaraña el humo de un cigarro mañanero. La rutina se desmiembra y mis pulmones se reajustan al exhalar sudoroso.

Entonces, empieza.

Doy vuelta a la izquierda y subo por Rayón. Las ventanas abarrotadas que cuelgan a ras de suelo, fijas al segundo plano de la calle, esbozan siluetas de comensales inmersos en su desayuno conversacional, estáticos en la periferia de mi vista. Tonos de colores anteriores, inclasificables en mi falta de léxico, permanecen obedientes a la estética burocrática. Avanzo contracorriente del flujo peatonal y giro de nuevo, ahora hacia la derecha a la altura del pedacito que sobra de Comonfort, y los recorridos comienzan a empalmarse de nuevo, escoltándome, y me fragmentan. Se vuelven rostros sombreados en el glamour de lo que alguna vez fue irrepetible. Entro y salgo de varios momentos a la vez, destellos temporales con la misma forma ondulada que los planos de las calles, pero logro mantener sentido de linealidad y me zafo de la analogía.

Me detengo al pie de Celoffán, sin entrar ni saludar. Doy vuelta. Atrás, muy atrás.

Continúa.

Cruzo Rayón y sigo sobre Comonfort del lado del Bons Café. Huele a libros de segunda mano, a mezcal, a un eufemismo de marihuana, tal vez a otro cigarro sin terminar, y a café del bueno. Siento la planta de mis pies calentándose, maldigo las botas, los calcetines también, siento la tela fresca, sedosa, cuando el viento empuja mi vestido contra mi estómago, y aunque es junio, estas sensaciones son decembrinas. Me pregunto si las estaciones pueden funcionar inversamente, pero es muy temprano para saber con seguridad. Algunas melodías y conversaciones de fondo me distraen, o al menos tratan. El déficit es breve, porque existo aún en escenas interrumpidas que estallan en secuencias multitonales entre pared y pared, entre las venas de mi frente, y me escabullo bajo el paisaje sonoro y las buganvilias a la entrada de La Rana. Soy masa polifónica, ininteligible de cualquier frecuencia, como una abstracción malhecha de boleros tarareados.

Ahora, la única salida es adentrarme en el vórtice de hilos sueltos en el tejido histórico al pasar la Casona Spencer.

Desvía.

Por Hidalgo hasta llegar a la esquina con Alarcón. Están dando misa en Catedral a esta bendita hora. Pongo los ojos en blanco y repito mentalmente las palabras del sacerdote, o “padre”, o lo que sea, que se oyen hasta afuera del recinto, porque es una de las tantas respuestas instintivas que me heredó la escuela católica. Me detengo un momento junto al Café Alondra y cierro los ojos, abrumada por el desgaste que hay en todos lados, el que me pertenece y el que no, y en un último respiro, miro hacia arriba. Los balcones están llenos de macetas, sus plantas desbordándose, con varios trapos tendidos sobre el barandal que adornan el edificio. Suspiro, acción inusual que jala mis rodillas hacia adentro. El tiempo empieza a recobrar la consciencia y me muevo lento. Todo es una copia de una copia: remarcar el mismo renglón de las calles y banquetas con un lápiz, con mis botas, hasta que el papel se rompa y un instante atraviese hasta la siguiente página. Parpadeo de nuevo. L’arrosoir a sólo dos pasos y medio.

Termina.

No puedo recordar, no ahora, no como antes. Dejo de existir en cada plano y frecuencia, así de sopetón, como si el recorrido facsímil me pixelara también en historias de la Historia que se fueron desdoblando sin que yo me diera cuenta. Truena el hilo que me fijaba al eco de alguien más, de años atrás. Soy desapropiada de estos edificios que envejecen y olvidan al revés, de los nombres propios, referencias, de lugares habitados por todas las vidas que ya dejaron de ser mías. Espectros de los meses fríos, de un vestido más largo y de una ciudad duplicada, extrañada, que me abraza fuera de mi propia memoria. Me resisto. Regreso en cámara lenta y le pongo pausa. Regreso y lo repito.

Entonces, vaivén.

Irse sin quedarse aquí o allá. Entrar y salir del bucle en el mismo camión. Usar la misma ropa y el mismo perfume. Caminar de manera simultánea en planos análogos de distintas texturas, sintonizar melodías a través de paisajes bidimensionales que trazan, a su vez, un croquis amorfo en el reflejo de las ventanas, desgastando tonos, rostros y las suelas de los zapatos.

Tengo la sensación de que vivo en una ciudad fantasma, así que la recorro y la recuerdo hasta poder regresar a la otra ciudad.

La de antes, la de siempre.

There is nothing left for me but to keep writing. Write and write until I understand it, me. Perhaps.

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