Image for post
Image for post
“You once said if we were careful.”

Son las seis y diez cuando bajo del taxi.

El aire lastima mis fosas nasales mientras paso junto a las casas recién pintadas y el empedrado de la banqueta adquiere el mismo color que las sombras vespertinas, ese tono frío de la arcilla mojada. La calle parece más definida con esa textura vinílica rejuvenecida, pero las raíces y troncos de sus árboles –bien rasurados– a penas logran revelar las marcas de su edad verdadera, como líneas de expresión maquilladas por tijeras y brochas.

Me detengo un instante a media cuadra de La Casa. Inhalo profundo y esa desesperación paradójica por llegar, dar la vuelta y regresar me hace exhalar despacio con resolución añeja al cruzar la última esquina. Pronto. Siempre es más pronto en lo últimamente tardío cuando mi mano se estira para tocar la campana, encogiéndose ante la amenaza de una eventualidad implacable, ya marchita, que inflama los cartílagos de mis dedos. Otra clase de inercia regurgita la llave del bolsillo izquierdo de mi suéter y mis articulaciones se cuartean, aunque traten de adjuntarse a mis huesos blandos antes de que las acciones inmediatas se detengan.

Empujo la puerta: una bienvenida intermitente entre desgaste y regeneración.

Mis pies, incluso cubiertos, están fríos al atravesar el umbral de herrería comprimida por polvo cobrizo. El impacto del olor a madera sin lustrar, a la seda vieja de los cojines y a velas vírgenes de canela enternece mis pulmones, los oxida: invierno. La Casa siempre huele a invierno. Desvío la mirada hacia las escaleras al fondo y todo se vuelve tibio con la poca luz que se filtra sobre los escalones a través del vitral color marrón. Me adentro suavemente en las pupilas enormes de cemento que abrió la pintura botada, ahora encharcada frente al zoclo. Los muros despellejados me ingieren, los cristales secos y el techo yermo someten mis rodillas.

Nos desmoronamos todos frente al pasillo que asciende hasta habitaciones sin fondo, atestiguados por el contorno blanco que dejaron atrás muebles insepultos, y siento la punzada de un movimiento simultáneo cuando mis lumbares se engarzan en el filo de los peldaños mohosos. Tan repentino, tan frágil…

Te cambias a la silla junto a mí. Te hago reír, me preguntas algo y te digo que sí.

Escalofríos burbujean en mi médula, la inundan de un tipo de exaltación pueril, atormentada, pero me mantienen inmóvil entre las escaleras y la puerta. Mis pulmones se agitan, mis mejillas se calientan y, con las palmas firmes sobre el suelo, acuno el silencio natural del olvido. Los escenarios se desenredan a la par: luces estroboscópicas y focos fundidos; preguntas lejanas, susurradas al oído, y el temblor de mi aliento a través del vacío doméstico. Cuando un cosquilleo sobrio aturde mis uñas al rozar las mangas de mi suéter, estas aglomeraciones sensoriales se vuelven a disipar entre vibraciones de notas mal respiradas y mi diafragma aborta el oxígeno. Tan repentino aún.

Tus nudillos deslizándose desde mi codo hasta mi muñeca, imparables. La presión de mis dedos sobre los planos de tu estómago, inamobible.

Me levanto de un salto, jadeante. La Casa se agrieta y tropiezo sobre el momento que siempre se escabulle en mi oscilación corpórea, desterrándome –de óxido fresco, de cuartos inhóspitos–, y me fija de vuelta al núcleo de la calle. La fila zigzagueante de lámparas a mis espaldas trata de digerirme bajo su luz más amarillenta, más nocturna, para anestesiar el vaivén fantasmal. Aprieto la mandíbula, asimilando el naufragio que siempre surge de rutas alternas y atajos corroídos por mi necedad de recordar lo que sea, lo que quede, de las quimeras atemporales. Bajo la cabeza, sosegada. El estupor libera mis tendones mientras me alejo de La Casa con el pecho rancio y las manos entumidas, como antes, como siempre. Tan frágil aún.

Tu sudor en mi frente. Me miras como si te acabara de romper el corazón y susurras contra mi cabello.

Son las seis y once ya. Los aromas afligidos se van a quedar en mi ropa hasta el anochecer, en la piel de mi nuca hasta mañana, o durante vidas enteras.

Espera.

Pero La Casa vacía, La Casa triste…

Espérame.

There is nothing left for me but to keep writing. Write and write until I understand it, me. Perhaps.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store