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“All of this silence and patience, pining in anticipation — my hands are shaking from holding back from you.”

Martes, 142 de marzo. Acabo de llegar del último regreso.

Llueve con la luz ambarina de las cuatro de la tarde, su foco solar enmarañado entre nubes desmembradas. Suelto mi bolsa y los destellos se escurren por mis brazos al quitarme el vestido. Las horas transcurridas entre dos cafés y una tarta de limón, que aún arde en la boca de mi estómago, dejaron sudor en mi nuca, enjugado tras cabello recién cortado. Caminé tramos enteros de avenidas baldías para avivar mi anhelo por el asfalto hirviente, por los muros intervenidos y la fragua poscolonial, pero ahora que las paredes de mi cuarto tiemblan con un abandono inminente, ulterior, la vista panorámica de las repisas por vaciar me recibe con su propia añoranza, con bordes degradados y esquinas que se ahondan en las cuencas de mis ojos. Al menos ya había desterrado los otros destellos del resto de mis muebles: el libro del estante, la caja del escritorio y la foto del buró, y extravié las cartas en el escondite perfecto. Ensayos para hacer el corte final más limpio.

Me dirijo hacia el ventanal. Mis sienes están húmedas y mi labial se craquela con el petricor que termina encharcado bajo mis narices, como una fluctuación climática.

Es meramente un destello prófugo que adopta la nomenclatura química de un día mortinato, porque si debiera ajustarlo, hubiera sido algún otro martes y hubiera regresado con la nieve en lugar de la lluvia. Haría más frío, tanto en mi memoria como en el imaginario perdido, se acumularía todo el frío que no hace aquí. Recorro las cortinas hacia un lado y un velo de piel muerta cubre mis pestañas al seleccionar los artificios para uso exclusivo de mi indulgencia escénica. Pienso que también habría luces multicolor astillando los troncos al pie de construcciones límpidas, infinitas, y las yemas de mis dedos encontrarían su nicho en la fosa cubital del ocre de un abrigo. Su hormigueo vaporoso se escabulle alrededor de mis muñecas mientras enderezo el martes apócrifo, ese en que nadie tendría que regresar porque nadie se habría ido, en que el perfume sin impuestos se hubiera hilvanado en una sudadera robada, o en sábanas tibias, y el otoño se habría evaporado al mismo tiempo que el rastro de sudor en mi espina dorsal.

Mis vértebras truenan: las flexiones verbales se vuelven cacofónicas.

Dejo el ventanal abierto, la brizna es a penas un eco de gotas afiladas, agujas acuosas que perforan los vellos de mi antebrazo, doy media vuelta y contemplo el centro de la habitación. Regadas, rasgadas, reescritas yacen ahí las cinco páginas sobre los destellos que empiezan a cuajarse como saudades dentro de mis metacarpos. La tinta fresca en ellas se ha secado ya entre las arrugas de mis palmas, los cortes en mis cutículas emblemas de mis intentos fallidos por sellarlas en un sobre sin dirección. No logré metaforizar avenidas más viejas, las que sí recuerdo como si aún recorriera todos los días, ni desgastar rutinas ajenas con los trazos firmes de mi pluma sobre renglones vacíos. Lo único materializable fueron mis pupilas tratando de aferrarse a la pregunta sobreleída en la última página de un libro sin dueño, marchito en su destierro.

El frío se desvanece conforme avanzo hacia mi eventualidad sin subjuntivo y mi mirada se desvía hacia el tapiz de abrigos y bufandas sobre la cama justo cuando siento la exhalación de las nubes anidar entre mis omóplatos. A veces, deja de habitar mis espacios y su calma álgida cede ante el ardor del vacío, suspirado contra mi clavícula, pero la tensión es perceptible al otro lado del espejo estacional y regresa sin avisar. Lo dejo, así de “permitir”, porque no me gusta pensarlo como un usurpador. Rehabita mis silencios, los amolda a sus grietas, dejándome más al margen cada que se expande en ellas. A veces, otras veces, se vuelve difícil desacostumbrarse de las cuencas hondas y debe esconderse entre mis costillas hasta que suavice algunos órganos en las esquinas que sí son mías. Llego a olvidar cómo acomodarlo, porque es tan fácil amar los rincones que deja libres, aunque sean menos los que no ha ocupado. Y tal vez, una última vez, si regresa, ya no tenga espacios vacíos de él, para él.

La saudade del destello inerte tiembla.

No me encuentro en este espacio personal, no es mío para perderme. Aquí los árboles nunca mueren, confinados al exilio vitalicio de meses cálidos. Mi tórax añora un frío desconocido-por-conocer, mis mejillas su humedad foránea, pero al buscar en la única ventana cerrada, arremeto contra un cielo vibrante de agua que caerá en ese otro suelo, ese otro tiempo. Frente a las páginas malgastadas, la tinta salpica el dobladillo de mi vestido y las mangas de los suéteres colgando al borde de la cama. Finalmente, el manto nocturno quiebra las nubes sobrevivientes, cuyo silencio es contundente: nadie puede regresar a un lugar vacío, al viento invernal que carcome troncos, y nadie tropezará con destellos extraviados al cruzar una u otra calle otro martes cualquiera. Repto sobre el colchón desvestido, estremecida por sueños tan densos como el olvido en las repisas, cajones, esquinas y rincones que ensanchan mi esqueleto. El corazón ligero y mis maletas vacías, escucho la lluvia secarse al mismo tiempo que el sudor de mi cabello, ya tieso, y espero una sola noche por el corte definitivo.

Tal vez sea marzo la historia interminable.

Desentierro la bola de nieve de las bufandas, agitándola antes de extraviarla también, la última de mis saudades.

There is nothing left for me but to keep writing. Write and write until I understand it, me. Perhaps.

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